En una vereda rural del suroeste colombiano, un grupo de mujeres cabeza de familia se reunió con entusiasmo al inicio del proyecto. Mi rol como facilitadora fue abrir espacios de diálogo donde cada voz importara: allí establecimos que el primer paso era confiar unas en otras, compartir sus sueños de negocio y reconocer que el liderazgo podía surgir de la colaboración. Formamos un equipo autónomo: ellas lideraban la producción de alimentos orgánicos, yo acompañaba con estrategias de comercialización, contabilidad básica y comunicación asertiva.
Con el tiempo desarrollaron una marca colectiva, y a través de ferias campesinas locales lograron aumentar sus ingresos en un 30 % dentro del primer año. A nivel social, fortalecieron sus redes de apoyo mutuo, reduciendo el tiempo que dedicaban individualmente a resolver problemas de producción, y hoy comparten transporte, insumos y compradores.
Las estadísticas muestran que en Colombia el 43 % de las mujeres empleadas son personas auto-empleadas. Y aunque las mujeres poseen el 35,5 % de los micro-negocios en el país, aún enfrentan barreras importantes para crecer.
El trabajo comunitario y el liderazgo compartido fueron la clave: cuando ellas comprendieron que juntas podían negociar mejores precios, acceder a más clientes y comunicarse efectivamente frente a compradores, no solo cambiaron sus negocios, sino también transformaron su modo de vivir.
